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jueves, 17 de julio de 2014

Cerrado por vacaciones

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Ya estamos en julio y julio y agosto son sinónimo de vacaciones. Por lo menos para los estudiantes. Tiempo de descanso, de cambio de escenario y de convivencia familiar. Cada uno elabora su programa para oxigenar el cuerpo y la mente. No hace falta recorrer kilómetros hasta la extenuación, visitar no sé cuántos países o sumar horas incontables de sol y playa. Las cosas más sencillas también pueden proporcionar reposo y ayudarnos a crecer sin darnos cuenta. Una buena película –con o sin palomitas– un helado a tiempo, un concierto o un par de libros a mano como desafío formativo…La Universidad pasa a segundo plano y hasta septiembre no se produce el reencuentro, pero es importante mantener vivo el deseo de aprender. Como es imposible asomarnos a todo lo desconocido y veinticuatro horas no dan para más, tampoco hay que vivir las vacaciones a un ritmo trepidante.
¿Qué tal si nos dedicamos más tiempo a nosotros mismos? Hay una actividad que algunas personas –me atrevería a decir que muchas– ignoran y es específicamente humana: pensar. En una hamaca, bajo una sombra, al borde de una piscina, en un asiento del tren o del autobús, en cualquier lugar es posible pensar y alimentar nuestro mundo interior, pasear por los pasillos más íntimos de nuestra vida.
Además de “Cerrado por vacaciones” habría que poner el cartel de “Cerrado por obras”. Andan una de esas personas creativas que hay en el mundo soñando con otro formato de página, nueva cabecera y nuevas secciones. Ya se sabe, renovarse o morir y la opción es clara: vivir y hacerlo de forma digna y feliz.
Buen verano, buenas lecturas, buenos atardeceres, buenos encuentros, buenos viajes, buenas vacaciones nos dé Dios.

P. Santiago

miércoles, 18 de junio de 2014

Sanitarios en un centro de urgencias

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Una expresión latina del escritor Plauto dice que “el hombre es un lobo para el hombre”. Como la literatura de doscientos años antes de Jesucristo nos queda a todos  muy lejos, un filósofo del siglo XVIII llamado Thomas Hobbes se encargó de repetirla para sentar la afirmación de que el egoísmo es una nota característica de la esencia humana. Lo peor es que la vida haga verdadera una frase escalofriante porque es todo un canto a la insolidaridad, la sospecha y la desconfianza. Cualquiera que piense así tendría que salir a la calle protegido con una coraza y con una lanza en la mano como los caballeros medievales.
Menos mal que sin el remite de ningún nombre famoso, hay otros dichos que hacen de réplica a Plauto y a Hobbes. “Piensa bien y acertarás”, “Haz bien y no mires a quién”, por ejemplo.
Hay escenas e imágenes con argumento diferente. Gestos de ayuda que rayan en el heroísmo y actitudes de violencia como si se tratara de ir dejando heridos en todas las aceras. Cuando son heridas físicas, el SAMUR se encarga de una primera cura y del traslado a un hospital si el caso es grave. ¿Y cuando nos son heridas físicas sino morales? ¿Quién se encarga de descubrir la carga de sufrimiento que alguien puede llevar en su interior como si una fiera estuviera royéndole las entrañas?
Hacen falta sanitarios que atiendan las urgencias de la convivencia, la soledad, el desamor, la ingratitud porque a estos hombres y mujeres que han recibido la visita del desencanto y la desesperanza no los recoge ninguna ambulancia y muchas veces su única compañía son las lágrimas. También hacen falta buceadores que ayuden a salir del pozo de la desesperación. La cifra de “parados” porque no se quieren alistar en estas dos “nuevas profesiones” supera, con mucho, los millones del paro laboral.

P. Santiago

sábado, 14 de junio de 2014

El orden multiplica la eficacia.

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Tiempo de exámenes, de tensiones y de nervios. La torre de apuntes ha crecido sobre la mesa sin casi darnos cuenta y en el calendario aparecen marcadas distintas fechas que son como pilotos encendidos que nos recuerdan la cita para dar cuenta de tal o cual asignatura. Si uno pudiera estiraría las horas para que  pasaran de veinticuatro a cuarenta.
Todas las actividades tienen sus leyes internas que hay que respetar y también el estudio exige unas estrategias determinadas. Cuando se trata del trabajo intelectual hablamos de metodología y requisito indispensable para rendir en el estudio es el orden. El orden es todo lo contrario a la galopada final, la improvisación que va unida al optimismo de ver unos temas y dejar otros porque la posibilidad de que no me pregunten nada de ellos es real, el aturdimiento que bloquea y paraliza,
A nadie le puede pillar desprevenido el examen final de cada una de las asignaturas porque no es una novedad de este curso y tampoco se puede hacer en un solo día el trabajo de  meses. Hay, por lo tanto, un ayer que –en la mayoría de los casos– ya es irrecuperable y no se ha inventado ninguna fórmula para solucionar en una semana la irresponsabilidad de un cuatrimestre.
Tampoco es cosa de meterse en la habitación o en la biblioteca, atarse a la silla y pensar que hay que batir  un record de tenacidad. El orden multiplica la eficacia significa que es toda la jornada y todas las actividades  las que hay que organizar sabiamente. Con pausas para el descanso, la visita al gimnasio, salir a correr, comer pausadamente, charlar con los demás…Todo lo contrario a enclaustrarse como si se tratara de hacer una experiencia monástica. Al final, pesa y duele la cabeza, se filtra el miedo y, además de los apuntes, el día del examen se lleva una tonelada de desconfianza bajo el brazo.

P. Santiago

domingo, 8 de junio de 2014

Vivir en la verdad

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Hay riachuelos de aguas cristalinas y otros de aguas cenagosas. El agua limpia permite ver el lecho del río, mientras que el agua turbia oculta el fondo. Así sucede también con las personas. La verdad es transparente y liberadora, lo dice Jesús: “La verdad os hará libres” (Jn 8, 32).
En nuestras conversaciones con algunas personas  surge inmediatamente la sensación de estar ante alguien que vive encerrado en un mundo infranqueable y desde la otra parte del muro responde con frases prefabricadas y evasivas. Es como una partida de frontenis donde todas las pelotas rebotan ante el muro que tenemos delante. Con otras, sin embargo, sucede lo contrario. Son personas que viven con las puertas abiertas, andan por el mundo sin escudo y facilitan el diálogo sin rodeos. La partida, en este caso, es de tenis, cada uno presta servicio alternativamente y la pelota va de un campo a otro, la palabra fluye por encima de cualquier  red divisoria.
Se dice que en algunos países existe demasiada gente armada y, de vez en cuando, nos sorprende que  en una escuela o en un supermercado suenen unos cuantos disparos que ocasionan muertes inocentes e inesperadas. Algunos gobiernos han procurado regular sensatamente la adquisición y el uso de armas para evitar estas noticias trágicas. De este modo, se controlan las armas, pero no las armaduras. Demasiada gente viste una armadura infranqueable para que nadie pueda penetrar en sus pensamientos, sus sentimientos, su mundo interior. Vivir detrás de una armadura no es fortaleza sino debilidad, esclavitud, miedo a la verdad, encubrimiento, a veces, de actitudes inconfesables.
Todos podemos ser un lago de aguas claras o un charco de agua embarrada; el agua limpia permite la vida, el agua enturbiada oculta, ordinariamente, toda clase de desechos.

P. Santiago

jueves, 5 de junio de 2014

Hablemos de la amistad

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Con la amistad sucede como con  tantas otras realidades que el tiempo y  el uso pueden desvirtuar. Sobre todo si entendemos la amistad como una relación funcional que está sometida al ritmo de la necesidad. Cuando nos llaman o nos visitan algunas personas, inmediatamente pensamos: ¿qué necesitará de mí? Esta es la primera falsificación de la verdadera amistad: reducirla a términos de utilidad. Surgen así amistades intermitentes y ocultas que salen a la superficie como llamadas de socorro que se hacen en situaciones de emergencia. La sospecha de que mi teléfono  está al lado del  091 o del 112 convierte la amistad en una forma larvada de egoísmo.
También se desvirtúa la amistad si se  equipara a  complicidad hasta el punto de colocar la relación con el amigo o la amiga por delante de la verdad o del bien. La verdad puede aconsejar la reflexión compartida para evitar cualquier fracaso o la advertencia confidencial sobre el suelo peligroso donde está poniendo los pies la persona amiga. Como su vida le pertenece –pensamos a veces–  asisto impasible al deterioro de su imagen y hasta a la pérdida de su dignidad. Es una forma de respeto que encubre  crueldad e indiferencia. Que nadie se empeñe en hacer compatibles la indiferencia y la crueldad con la amistad, porque se distancian más que el día y la noche.
Amistad que no se cuida a través de la comunicación y amistad que no se interesa por el bien del amigo, es amistad adulterada, amañada según la conveniencia.
Parece claro que es necesario rescatar el don de la amistad en toda su grandeza y liberarla de cualquier significado tramposo. Hay que apostar por la limpia gratuidad de la amistad que es ajena a  intereses y compensaciones.    

P. Santiago

viernes, 30 de mayo de 2014

Tenemos que hablar

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Nos gusta montar castillos en el aire y la imaginación, a veces, va por caminos diferentes a la realidad. Hablamos de los niños, por ejemplo, y solo nos fijamos en su aparente despreocupación y esos mofletes como dos mitades de una manzana madura. Pensamos que su vida en un juego ininterrumpido y el mundo un gran balón de colores. Ahora los psiquiatras que estudian los trastornos infantiles– nos advierten que debajo de esa escenificación de felicidad se puede estar ocultando un drama y hasta una tragedia.
Todavía andamos más despistados cuando hablamos de los jóvenes y eso que los sociólogos ponen frecuentemente a nuestro alcance  estudios y encuestas. Me decía hace pocos días un joven  que veía enferma a la sociedad. Para templar su afirmación, le contesté que una buena parte, por lo menos, sí. Nos falta salud mental, salud ética, salud de espíritu. No tenemos salud mental y acumulamos pensamientos tóxicos porque nos falta reflexión, diálogo, lectura, sentido crítico. Charles Peguy hablaba de la necesidad de “baños de silencio”.
Salud ética para salir de ese desierto de  referentes de conducta. Lo único que se nos ocurre a los adultos es lamentar o condenar, como si fuera más necesario y urgente atizar que etizar. Un comportamiento ético exige la práctica de la verdad, la justicia,  la responsabilidad y la solidaridad a  todas las horas.
Salud de espíritu. La vida es una maratón que fatiga, tensa los músculos y empapa el cuerpo de sudor. Al final, el gran fracaso sería haber corrido un itinerario equivocado, encontrarse con que desconocemos dónde está la meta y ya no hay tiempo para comenzar una nueva carrera. La inquietud del corazón humano tiene una meta exclusiva: Dios.
Aquel maestro de pensadores que fue Miguel de Unamuno decía que hay adultos tan ingenuos que creen van a hacerse entender mejor por sus hijos aún balbucientes, balbuciendo ellos también. Hay pocas cosas tan ridículas como un adulto jugando a ser joven. Tenemos que hablar para conocernos, ayudarnos y crecer juntos. Sin olvidar nunca los datos del DNI.

P. Santiago

sábado, 24 de mayo de 2014

La primavera, escaparate de la belleza de la naturaleza

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Da gusto cruzar el Parque del Oeste y entristece cuando sobre  la hierba verde se extiende una capa de papeles y de bolsas de plástico. Estamos profanando el medio ambiente, envenenándolo. ¿Queremos una tierra viva o una tierra muerta? La tierra no será viva sin flores, sin pájaros, sin agua transparente…Tierra que debemos cruzar con pies de algodón porque nos recibirá un día en su regazo y guardará nuestro cuerpo muerto hasta su resurrección.
Dios tuvo el ingenio creativo de crear y en un gesto de audacia, quiso que el ser humano fuera colaborador de la creación. Por eso no se puede maltratar la naturaleza. Creados para la vida que no termina, no podemos destruir nada. El egoísmo no tiene grandeza. ¡Qué pobre es quien juzga que el mundo comienza y termina en él!
Dicen que el corazón humano tiene el tamaño de un puño cerrado y hay hombres que no abren nunca su corazón. Vamos a soñar con esa tierra y esa humanidad que Dios soñó. Hombres vivo en una tierra también viva. Todas las bombas son sacrílegas porque matan la vida. Nunca podemos ser anticreadores. La naturaleza sufre nuestra violencia cuando la manchamos de papeles o de sangre. Un parque abandonado o unas flores cortadas despiertan en  el alma un llanto funeral.
Es primavera, reestreno de una vida naciente y multicolor. La luz y el sol, amigos y compañeros, se sientan más tiempo a nuestra mesa y los árboles nos regalan su fronda olorosa. ¿Nos vamos a perder tan hermoso espectáculo? ¿Alguien se atreverá a manchar el decorado de la primavera o a caminar de espaldas a las rosas, las caléndulas, los tulipanes, la humilde flor de azahar?

P. Santiago

domingo, 18 de mayo de 2014

Que la alegría de la Pascua sea inextinguible

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Hubo un tiempo en el que los pueblos organizaban su vida alrededor de las iglesias y el volteo de las campanas anunciaba siempre acontecimientos extraordinarios. Así, cuando llegaba la Pascua, el bronce tañía con fuerza invitando a la alegría.
Hoy la megafonía y las quejas de los vecinos más próximos han hecho enmudecer a muchas campanas. Puede ser un signo de que la alegría es más cara y más extraña actualmente. La expresión  “alegre como unas Pascuas” va desapareciendo de nuestro vocabulario. Entre malhumorada e impotente, la gente dice “no estamos para fiestas”. Como si la alegría fuera un pecado, un signo de superficialidad, ganas de meterle a uno el dedo en el ojo con la que está cayendo.
Hay una evidente carencia de alegría y una sobredosis de malhumor y hasta de amargura. Por eso, celebrada la Pascua, hay quienes se encogen de hombros, piensan que la alegría es una nota menor en el pentagrama de la vida y siguen sumidos en el desencanto.
La Pascua es noticia y realidad suficientes para plantar en el centro de nuestra vida el mástil de la alegría, la paz y la esperanza. Vivir la Pascua es apuntarse a vivir resucitados. Si la resurrección de Jesús pasa inadvertida junto a nosotros, es que nuestra fe está debilitada por falsas seguridades que nos hacen confiar en otra fuerza que la nacida de la cruz. La Vida es mucho más que esta vida y el Amor es más limpio que nuestros amores casi siempre contaminados.
Un universitario comentaba la necesidad de “montar en la vida algo que no se caiga”. Aunque el lenguaje no sea muy teológico, me parece un proyecto muy serio y  lúcido que bien puede unirse a la alegría de la fe y de la confianza, frente a la tristeza de un corazón individualista carcomido por el egoísmo.

P. Santiago

domingo, 11 de mayo de 2014

María, la mujer, la madre y la creyente

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 Con María la madre de Jesús, no hemos sido muy serios o, mejor, la hemos tratado de manera desigual. Unos han querido ver en ella una mujer lejana y distinta que nunca se manchó las manos en la cocina. Otros han tomado demasiada cerrada la curva de su humanidad y ven en ella una nazaretana más que los católicos hemos encumbrado desmesuradamente. Ambos quedan muy lejos de esa María total –mujer, creyente y Madre de Dios– que con una confianza sin límites  va asumiendo la misión confiada.
Primero, el misterio inesperado  de su maternidad que hasta los teólogos más sabios necesitan páginas y páginas para explicar. Quizá demasiadas porque bastaría decir que cuando el ser humano se llena de Dios su vida se torna fecunda.
Después, acompañando a Jesús en su niñez y juventud, su proceso de crecimiento que es, para cualquier madre, un itinerario de alegría, de miedo y de esperanza.
Finalmente –cuando podía estar María a punto de cruzar los cincuenta años– llega el capítulo decisivo de la vida de Jesús y de su vida. Para una madre es más fácil enfrentarse con la propia vida que con la vida de un hijo. Y en esa hora –que fue la hora de la verdad– recibe María a todos los hombres como hijos: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19, 26). La madre de Jesús ensancha su maternidad y recibe el título de Madre de la humanidad entera. Después, cada pueblo y cada ciudad han regalado a María mil títulos y nombres diferentes para acercarla todo lo posible a ese puñado de tierra en el que nos movemos. Se han levantado santuarios, sencillas ermitas, en las iglesias siempre hay un altar con una imagen mariana…Es el intento de tener cerca una cuadro o una talla de María, una  fotografía de la Madre para cruzar nuestros ojos con los suyos y sentir su caricia maternal.

P. Santiago

domingo, 4 de mayo de 2014

¿Solo se merece un día la madre?

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Ya sabemos que se trata de algo simbólico –mitad pretexto para el encuentro familiar y mitad reclamo comercial– pero, por si acaso, conviene recordar que hay  actitudes, fidelidades y recuerdos que deben ocupar los 365 días del año. Pueden tener su momento celebrativo en una fecha determinada, pero son valores permanentes y en alza. Algo así sucede con la figura de la madre que crece con los años, aunque su cuerpo vaya decreciendo y su rostro se vaya poblando de arrugas. El intento de una piel tersa es inútil a pesar de las cremas que hay en el armario del cuarto de baño.
Las madres están atentas a los calendarios de todas las vacunas aconsejadas por el pediatra cuando somos unos bebés y saben que, de mayores, necesitamos las vacunas de una llamada en tiempos de exámenes, de una sabia pregunta cuando adivinan que nuestro tono de voz es distinto, de tener preparada una sorpresa para la próxima visita. La maternidad es un plus de esa obra de arte de  Dios que es el mundo femenino y el resultado son unas mujeres encantadoras, intuitivas, pacientes, cariñosas…que, aunque no hayan pisado la Universidad, son expertas en psicología, hábiles entrevistadoras, expertas en relaciones humanas, enfermeras capaces de calmar cualquier dolor del alma, abogadas de oficio de sus hijos…simplemente maravillosas e imprescindibles.
Y que a nadie se le ocurra decir que solo los niños necesitan a las madres. Es una herejía pedagógica que dejaría al descubierto un corazón de resina o de escayola. No hace mucho tiempo acompañé a la hora de la muerte a una persona con casi ochenta años en su carné de identidad. En su pulso con el dolor, se le escapaba por las costuras del alma la exclamación, ¡Ay mamá!

P. Santiago

domingo, 27 de abril de 2014

50 años del Colegio Mayor Universitario San Agustín

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Fue su inauguración oficial el 24 de abril de 1964, fiesta de la Conversión de San Agustín. Ha pasado tiempo como para estar ante un cincuentenario que no cabe, naturalmente, en 25 líneas. Hay que mirar hacia atrás – al siglo pasado, aunque no quede tan alejado de nosotros– y encontramos un cuadro social, político y universitario muy diferente. El acontecimiento divisorio entre dos grandes épocas de la historia más reciente de España se llamó transición. Hubo muchas transiciones, muchos pasos hacia un clima nuevo de libertades, de estilos de vida, de sensibilidad social, de autonomía personal.
En aquel tiempo –un tanto encorsetado y rígido–, los Colegios Mayores permitían respirar el aire limpio de la libertad, expresar la frescura de la utopía, soñar con un mañana diferente. Eran fuente de creatividad y de esperanza. Hoy los colores del paisaje universitario son más tenues y apagados. Hay jóvenes maniatados por el sentimiento de que alguien les ha robado el futuro, que la clase política da pocas muestras de preocupación por los intereses personales y prodiga los gestos de despreocupación por los comunes, que los sueños profesionales pueden estrellarse ante una realidad dura que levanta muros de dificultades ante la búsqueda del primer trabajo.
Yo quisiera reivindicar para los Colegios Mayores  la función crítica, propositiva y creadora  que tuvieron en otro tiempo. Formarse no es recibir diariamente un chaparrón de conocimientos, sino que es aumentar el grado de inquietud personal, de amor por la vida, de sabiduría sobre uno mismo y sobre la realidad que nos rodea como las paredes de nuestra habitación. Sin olvidar que también es función de los Colegios Mayores ser necesario hospital de campaña para curar con el bálsamo de la amistad las heridas y los contratiempos inesperados que rasgan el alma.

P. Santiago

lunes, 21 de abril de 2014

En abril, santos mil

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La Pascua de 2014 nos invita a hacer memoria de la resurrección de Jesús y nos trae la noticia –no menos jubilosa– de  la declaración como santos de Angelo Giuseppe Roncalli y Karol Józef Wojtyła Para entendernos mejor, los papas Juan XXIII y Juan Pablo II. El primero italiano, llamado “el papa bueno”, cuarto hijo de un total de catorce, del matrimonio formado por Giovanni Battista Roncalli y Marianna Giulia Mazzolla, que abrió el Concilio Vaticano II el 11 de octubre de 1962 en la Basílica de San Pedro. El segundo, de nacionalidad polaca y recordado como uno de los líderes más influyentes del siglo XX que visitó ciento veintinueve países como sucesor de san Pedro. Santos de ayer mismo que han dejado marcada su huella personal en la historia de la Iglesia y del mundo.
Nadie podrá decir que hablar de los santos obliga a mirar hacia siglos pasados y perderse por el bosque de la historia. Tampoco hay que sacar la conclusión de que ser papa es una condición para ser santo. Hay santos de todos los oficios,  todas las culturas, todos los sexos y todas las edades. Atletas como Juan Pablo II –experto alpinista y esquiador– y poco amigos del deporte como Juan XXIII. Los dos adoptaron el nombre de Juan que, si nos fijamos en Juan el Bautista, es el pregonero que anuncia la llegada de Jesús y confiesa no ser digno de desatarle la correa de sus sandalias. Siempre he pensado que los santos son como los cristales de una vidriera. Cada uno tiene su color pero tienen en común una misma misión: dejar que pase limpiamente la luz. Con la llegada de Juan XXIII y Juan Pablo II a la cima de los santos, la Iglesia y la humanidad entera se sienten más iluminadas.  

P. Santiago











domingo, 13 de abril de 2014

Oferta de viaje gratuito para la Semana Santa

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Las agencias de viajes ya están introduciendo sus encartes en los periódicos para ofrecernos una escapada a Canarias, Playa Bávaro o una casita rural en la montaña con el paisaje de fondo de unas montañas todavía con las crestas nevadas. Hay que viajar, desentumecer los huesos, tomar el sol –si es que la meteorología lo permite– y disfrutar de unos días sin horarios y sin despertador. No es para menos porque “yo ya no resisto más”, “este ritmo no hay quien lo aguante”, “este estrés es insoportable”…Con estos argumentos a la vista hay que buscar un oasis, romper con la monotonía cotidiana y buscar donde descansar unos días siempre que la economía familiar y le precio de la gasolina lo permitan.
Es cierto que sufrimos de cansancio pero no tanto por la actividad que desarrollamos como por nuestro mundo  interior que se va secando y una sensación de vacío espiritual que produce  desazón y malestar generalizados. Con esta radiografía en las manos, la Semana Santa nos presenta una oferta de viaje gratuito hasta lo más hondo de nosotros mismos para eliminar tensiones, sentir la compañía de la fe religiosa, cimentar mejor nuestra vida, deshacer los nudos de tantos miedos como nos atan, borrar las sombras que nos impiden vivir de cara a la luz.
El mensaje de la Semana Santa no hay que asociarlo con la belleza estética de un séquito de imágenes porque sería tanto como quedarnos con la envoltura plástica de una realidad más honda. La muerte y resurrección de Jesús nos emplaza ante la posibilidad de leer de otra manera nuestras muertes y salir de las tumbas donde viven muertos tantos contemporáneos nuestros. 

P. Santiago

jueves, 10 de abril de 2014

El inevitable escalofrío de la muerte

25 líneas

Si hay algún secreto que todos escondemos bajo la piel es la duda inquietante acerca de la muerte. Tenemos en nuestro archivo de recuerdos más íntimos los nombres de un puñado de seres queridos que ya no se sientan a la mesa con nosotros, no recibimos su felicitación de Navidad y hemos pulsado la tecla Supr sobre la dirección de su correo electrónico.
La fe religiosa supone un proceso en el que crecen las certezas, las preguntas y la relación personal entre el creyente y Dios. Es un largo camino que hay que recorrer arropados por la confianza. El itinerario –aunque parezca difícil de comprender– consiste en salir de la niñez para volver a la niñez. Salir de la niñez es atreverse con la duda, no cerrar los ojos a la realidad ni pensar en que Dios nos pide el obsequio de no pensar. Volver a la niñez es hacerse niño de nuevo, llegar a la conclusión de amar, confiar, esperar no son verbos que forman parte del cuerpo del diccionario sino un estadio superior de madurez.
Sería presunción o vana autosuficiencia proclamar que la fe disipa todas las vacilaciones. Aunque sea lo más parecido a una contradicción, progresar significa, a veces, dar la vuelta. Así sucede con el crecimiento en la fe. “Quien se tenga por sabio en este mundo, vuélvase ignorante para ser de veras sabio”, escribe san Pablo (1 Cor 3, 18). No se trata, evidentemente, de quemar los libros de la estantería ni tirar al contenedor de papel los apuntes  encuadernados en gusanillo. Ser sabio de verdad es conocer el aquí y el ahora, caminar con dignidad por los pasillos de este mundo y aceptar que el “más allá”, “el después de la muerte”, es imposible reducirlos a conceptos manejables. La salida de esta espesa oscuridad es –según Ricoeur–  comprender para creer  y creer para comprender. Ya lo había dicho san Agustín hace siglos: “Busco para encontrar y encuentro para seguir buscando más ávidamente” (La Trinidad XV, 2).

P. Santiago

martes, 18 de junio de 2013

¡Feliz verano!

                                                                 25 líneas

Hay tantos veranos como personas. Cada uno tiene su forma particular de descansar, de distraerse, de ocupar ese tiempo de ocio tantas veces descuidado.
Verano es sinónimo de vacaciones –por lo menos para los estudiantes– pero sería muy pobre que en septiembre ante la pregunta ¿qué has hecho en vacaciones?,  la respuesta se despachara diciendo: nada. O lo que es lo mismo, pasar los días entre bostezo y bostezo, víctimas de la enfermedad del aburrimiento. Dos meses así pueden tostar la piel, pero también queman la iniciativa, la creatividad, el deseo de llenar cada día de algo diferente y constructivo. A algunas personas les resulta difícil pasar del tiempo organizado al tiempo libre y cuando se encuentran con sesenta días sin despertador y sin horarios parecen perdidos en un inmenso desierto.
Hay asignaturas de verano que tienen gran importancia. No me refiero a esas del currículo académico que no se lograron superar, sino a asignaturas fundamentales  que forman parte de la vida. Por ejemplo, la convivencia familiar. Disfrutar de los padres, de los hermanos, de los abuelos…dedicarles tiempo, hablar con ellos y escucharles sin las prisas y el lenguaje monosilábico del móvil. Buscar alguna actividad gratificante: lectura, cualquier destreza manual, una salida a la montaña, unos días de playa. Descubrir el tesoro de la soledad, del silencio como reencuentro con uno mismo y con el gran misterio de la vida. Silencio que es espacio para el pensamiento y multiplica la riqueza interior. Decía nuestro Premio Nobel Juan Ramón Jiménez que “en la soledad se encuentra lo que a la soledad se lleva”. El silencio es un buen test para medir nuestra riqueza o nuestro vacío interior.
Verano es todo lo contrario a despreocupación, abandono, deambular de un lugar para otro sin rumbo. Así que a hacer cada uno su programa  para que las vacaciones resulten felices y fecundas.

Nos vemos a la vuelta.

P. Santiago

martes, 11 de junio de 2013

Ya se ve el final

                                                                     25 líneas    

Quienes hemos hecho el Camino de Santiago – algo muy recomendable para el cuerpo y para el espíritu–  sabemos que hay etapas incómodas por la  lluvia y otras en las que el sol aplasta por los campos de Castilla. Galicia es verde, frondosa, y hasta la misma lengua melosa y zalamera que se escucha en los pueblos suena a música que hace menos duro el tramo último hacia Santiago.
Hay una experiencia vivida por la mayoría de los peregrinos jacobeos. Cuando se llega al Monte do Gozo y se divisan las crestas románicas de la catedral del apóstol, la mochila pierde peso y las piernas se sienten más ligeras. Es como el náufrago que, después de nadar durante unas cuantas jornadas, divisa la costa y sueña con hacer pie en la playa.
Algo parecido sucede con el curso que ahora concluye. Ya están a la vista las fechas de los exámenes, cada uno ha señalado con un círculo rojo algunos días en el calendario de mesa y el sueño de terminar se convierte en un estímulo para esas horas de biblioteca delante de los libros y los apuntes.

¡Ya se ve el final! Hay que estirar el esfuerzo y la constancia, organizar el trabajo y el descanso, darse un chapuzón en la piscina si el calor aprieta y mantener  un grado de serenidad y de equilibrio para no perder las riendas de la propia vida. Todo menos vivir tensos y castigarse con pensamientos negativos. Una dosis diaria de silencio y de reflexión puede ayudarnos a valorar en su justa medida nuestro nerviosismo, nuestros enfados y  nuestros miedos para no fabricar problemas artificiales.

P. Santiago

sábado, 1 de junio de 2013

Solemnidad del Corpus

                                                                    25 líneas

Con la fiesta del Corpus (Fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo), la Iglesia nos quiere recordar el significado de la Eucaristía en la vida cristiana. Jesucristo – que ha querido quedarse con nosotros de modo particular  a través de los sacramentos y de su Espíritu–  sale este domingo a las calles de nuestros pueblos y ciudades como signo de cercanía y de vecindad. El paseo de Jesús por los lugares que sirven de escenario a nuestra vida, tiene que despertar en nosotros un sentimiento de gratitud y de alabanza. Es recibir una visita importante, pero sin protocolo ni escoltas. No es una visita pasajera, porque Jesús ha querido quedarse con nosotros definitivamente.
Si preguntáramos a muchas personas dónde se encuentra hoy Jesucristo, responderían que en las Iglesias, en la catedral…La respuesta es incompleta; la casa de Jesús es el mundo y, sobre todo, el ser humano. Cada uno de nosotros es casa y templo de Jesús. De modo especial, Jesús está presente en los que sufren, en los necesitados, en los débiles y desfavorecidos. Por eso el día del Corpus se celebra también el Día de la Caridad.
Encuentro, por tanto, con el Jesús–Eucaristía y cita con los necesitados que son testigos del hambre y del dolor. Si la Eucaristía no ensancha nuestro corazón y nos hace más hermanos los unos de los otros, es que no hemos entendido el mensaje central del Evangelio o lo hemos falsificado. Hay que vivir la cercanía de Jesús en el pan de la Eucaristía y en la proximidad con quienes no tienen pan y solo se alimentan de soledad y desamparo, acurrucados en una acera de la Gran Vía.

P. Santiago

miércoles, 29 de mayo de 2013

Cristianos tristes y desanimados

                                                                   25 líneas

En su Eucaristía diaria en la capilla de la Residencia Santa Marta donde vive, el papa Francisco acaba de advertir que hay muchos cristianos tristes y desanimados. Andamos escasos de alegría y de esperanza, sin duda. Unas veces por el cerco de noticias trágicas que nos rodean –violencia de género, atentados, un ventarrón que reduce las edificaciones de un poblado entero de USA a un montón de escombros…–  y otras por sentirnos afectados por un estado de malestar interior que no nos atreveríamos a definir. El resultado es una situación crónica de  insatisfacción que, a veces, roza con la melancolía. Alguien me decía que si las paredes de las habitaciones fueran transparentes, veríamos que hay muchas personas que lloran en solitario.
¿Por qué ser felices es tan extraordinario? ¿Por qué, en ocasiones, parece que nos falta el aire para respirar? ¿Por qué ese empacho de preocupaciones y problemas que  nos asfixia?
Confiamos excesivamente en que la felicidad nos venga de fuera y esperamos que se crucen no sé qué circunstancias para poder saltar de alegría. Algo semejante a quien tiene  en la mano el boleto de uno de esos sorteos con un bote millonario de premio y busca  impaciente su número entre los premiados.
No es así y  la felicidad, el gozo y la paz del corazón residen dentro de uno mismo. Es una tarea diaria, una labranza que hay que cuidar, un quehacer ininterrumpido.
Es verdad la advertencia del papa Francisco: hay demasiada gente triste y desanimada. No es fácil  justificar que vivan así los hombres y mujeres que han recibido el regalo de la fe. Creer es sentirse acompañado, escuchado, comprendido, perdonado por un Dios que es fuente de  vida y de esperanza.

P. Santiago

domingo, 19 de mayo de 2013

Feliz Pascua de Pentecostés


                                                                    25 líneas

Cincuenta días después de la resurrección de Jesús, la Iglesia celebra la Pascua de Pentecostés que hace memoria de la venida del Espíritu Santo sobre la naciente Iglesia. Aquellos pescadores convertidos para siempre en mensajeros y testigos del Evangelio abandonaron todos sus miedos y se sintieron llenos de una fuerza interior como si hubieran recibido una inyección de coraje y de libertad. Las palabras de Jesús “No os dejaré huérfanos, yo volveré a vosotros” (Jn 14,18), se habían cumplido.
La historia de los apóstoles –como la de muchos hombres y mujeres de todos los tiempos–, no se explica si no es desde su experiencia de sentirse habitados por Alguien que ilumina, enciende y alegra su vida. 
Para hablar del Espíritu Santo se han utilizado comparaciones y  nombres diversos. Uno de ellos es hablar del Espíritu como “viento sagrado”. Todos hemos visto esos molinos que, colocados sobre los altozanos,  abren sus inmensos brazos al viento para que se produzca el milagro de la energía eólica. Algo así –con la distancia de todos los símiles– sucede con la presencia del Espíritu Santo dentro de nosotros. A pesar de nuestra torpeza tanta veces  demostrada, de nuestros egoísmo y nuestra pereza,  el ser humano es capaz de perdonar y de amar sin medida, de multiplicar  razones a favor de la justicia, de abrir el corazón a los más desfavorecidos  para ofrecerles habitación y regazo, de dictar palabras para defender la verdad aun con el precio de la propia vida.  Así, movidos por el aliento del Espíritu de Jesús, hay quienes cuidan el hermoso tapiz de la creación, mueven ríos de solidaridad, ponen alas a la ciencia, abren caminos a la ternura de Dios, construyen un mundo nuevo mientras llega el reino prometido por Jesús.
Que la Pascua del Espíritu  llene nuestros vacíos, sea nuestra luz inextinguible y brisa  en las horas de fuego.

P. Santiago

viernes, 17 de mayo de 2013

Tiempo de exámenes y de autocrítica


                                                                  25 líneas

El tiempo va recortando días al curso, de modo que ya estamos apurando  las últimas fechas del calendario académico. No es que corran los días ocupados por las clases o las horas de biblioteca, es la maquinaria imparable de la existencia humana, la vida que implica ganar y perder, abrazar y despedir, disfrutar y sufrir.
Si hay algo que de verdad importa, es sentirse uno cada día protagonista de una historia que se va tejiendo con un argumento  irrepetible. Concluye un capítulo más entre la satisfacción de un puñado de tareas realizadas y el posible mal sabor de haber tirado  por la borda demasiadas posibilidades. Aunque suene a título de programa radiofónico de RNE, “nunca es tarde” o, lo que es lo mismo, los errores también pueden ayudarnos a construir el futuro. En vez de buscar falsas razones para justificarlo todo, hay que atreverse a ser juzgados por la verdad que es como un bisturí que deja al descubierto nuestros comportamientos más ocultos. Solo así se pueden sanar actitudes erróneas que están frenando un cambio de mentalidad o un estilo de trabajo que es fuente de fracasos.
El mayor error es permanecer en el error y la herida más grave es la que afecta a la ilusión y la constancia, porque es tanto como aceptar pasivamente la derrota y acostumbrarse a la mediocridad crónica. En definitiva, se trata de acostumbrarnos a la autocrítica constructiva,  hacer diariamente el análisis de la propia vida y transitar por los pasillos de la sinceridad sin tropezar en los obstáculos que nosotros mismos colocamos. 

P. Santiago